Mi amiga se ha enamorado. Ha
estado un año fuera y aunque renegaba de esa idea, aquí la tengo de vuelta loca
de amor. No soy fan del amor – ya me lo devolverá la vida y me tendré que
tragar mis palabras – pero el suyo no me molesta, me gusta. Es amor pero del
bonito, del que hace que tengas un brillo especial en los ojos y no puedas
dejar de sonreír, de los de la sonrisa espontanea al escuchar su nombre o el que prácticamente
te obliga a terminar cada relato de cualquier discusión con algo así como: “pero
estoy tan enamorada de él” o “pero no me imagino la vida con otro, sin él”.
De gustarme el amor me gusta
ese, el que recién estrena mi amiga, el que lleva viviendo otra desde hace algo
más de un año, o en el que está asentada desde hace una década una tercera. El cursi hasta cierto punto, el de fotos espontáneas que lucen en Instagram sin necesidad de filtro y no son forzadas.
Y es que la gente enamorada se
pone muy pesada, muy intensa y las redes sociales no ayudan porque puede que no
oficialicen la relación – si no hay actualización de estado en Facebook todos
sabemos que esa relación no es legal, ni boda ni leches, aquí manda Facebook –
pero anda que no se vuelven insistentes para que sepamos lo felices que son, y
como muy bien dijo alguien una vez (así muy concreto todo): “si fueras feliz cada día de tu vida, no
serías humano”.
El amor son gestos no palabras
escritas en Twitter. Federico Moccia está muy bien para las tardes cursis de
sofá y manta que todas tenemos de vez en cuando pero no para la vida real. A
todas nos gustaría encontrarnos una pintada en ese puente que vemos todos los
días al ir al colegio, a la universidad o incluso al trabajo pero no que el
autor sea un tal H, qué clase de
apodo es H, no quieres estar con uno
que llamándose Hugo, Héctor, o hasta Humberto o Heliodoro prefiere que le
llamen H, aunque con un amigo al que llaman Pollo tampoco puedes esperar mucho.
El mundo de pintadas en la
calle, collage con corazones y frases sacadas de canciones de verano – porque la
rima más fácil en una canción de verano es mil veces mejor que cualquier novela
– está bien a los 15 años, cuando no existe nadie más que él y tus padres son
los peores seres en la faz de la tierra porque no quieren invitarle al
cumpleaños de tu abuela; pero una vez superada la adolescencia, el instituto en
realidad, pintadas, hojas llenas de corazones con su nombre, están de más.
Al igual que el primer día de
carrera te dicen que te crees una dirección de correo electrónico sin
diminutivos, apodos o menciones en modo de homenaje al grupo que llenaba las
paredes de tu habitación; en el amor todo tiene su tiempo y la poesía hay que
dejarla para los poetas y sobre todo saber cuándo utilizarla. O acaso te
imaginas a tu madre subiendo a Facebook un collage de fotos con tu padre
repleto de corazones y estrellas.
Si tenemos edad para beber,
conducir, votar e ir a la cárcel también para limitar el fin del mundo al
Whatsapp y a su última conexión.
La única persona a quien le
tienes que decir ‘te quiero’ es él, o ella, y no a todos tus “amigos” de
Facebook, aunque seguramente tengan marcada la opción de ‘no ver esto’ sino te
han denunciado ya.

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