martes, 9 de septiembre de 2014

Amor, lo llaman



Mi amiga se ha enamorado. Ha estado un año fuera y aunque renegaba de esa idea, aquí la tengo de vuelta loca de amor. No soy fan del amor – ya me lo devolverá la vida y me tendré que tragar mis palabras – pero el suyo no me molesta, me gusta. Es amor pero del bonito, del que hace que tengas un brillo especial en los ojos y no puedas dejar de sonreír, de los de la sonrisa espontanea  al escuchar su nombre o el que prácticamente te obliga a terminar cada relato de cualquier discusión con algo así como: “pero estoy tan enamorada de él” o “pero no me imagino la vida con otro, sin él”.

De gustarme el amor me gusta ese, el que recién estrena mi amiga, el que lleva viviendo otra desde hace algo más de un año, o en el que está asentada desde hace una década una tercera. El cursi hasta cierto punto, el de fotos espontáneas que lucen en Instagram sin necesidad de filtro y no son forzadas.

Y es que la gente enamorada se pone muy pesada, muy intensa y las redes sociales no ayudan porque puede que no oficialicen la relación – si no hay actualización de estado en Facebook todos sabemos que esa relación no es legal, ni boda ni leches, aquí manda Facebook – pero anda que no se vuelven insistentes para que sepamos lo felices que son, y como muy bien dijo alguien una vez (así muy concreto todo): “si fueras feliz cada día de tu vida, no serías humano”.


El amor son gestos no palabras escritas en Twitter. Federico Moccia está muy bien para las tardes cursis de sofá y manta que todas tenemos de vez en cuando pero no para la vida real. A todas nos gustaría encontrarnos una pintada en ese puente que vemos todos los días al ir al colegio, a la universidad o incluso al trabajo pero no que el autor sea un tal H, qué clase de apodo es H, no quieres estar con uno que llamándose Hugo, Héctor, o hasta Humberto o Heliodoro prefiere que le llamen H,  aunque con un amigo al que llaman Pollo tampoco puedes esperar mucho.

El mundo de pintadas en la calle, collage con corazones y frases sacadas de canciones de verano – porque la rima más fácil en una canción de verano es mil veces mejor que cualquier novela – está bien a los 15 años, cuando no existe nadie más que él y tus padres son los peores seres en la faz de la tierra porque no quieren invitarle al cumpleaños de tu abuela; pero una vez superada la adolescencia, el instituto en realidad, pintadas, hojas llenas de corazones con su nombre, están de más.

Al igual que el primer día de carrera te dicen que te crees una dirección de correo electrónico sin diminutivos, apodos o menciones en modo de homenaje al grupo que llenaba las paredes de tu habitación; en el amor todo tiene su tiempo y la poesía hay que dejarla para los poetas y sobre todo saber cuándo utilizarla. O acaso te imaginas a tu madre subiendo a Facebook un collage de fotos con tu padre repleto de corazones y estrellas.

Si tenemos edad para beber, conducir, votar e ir a la cárcel también para limitar el fin del mundo al Whatsapp y a su última conexión.

La única persona a quien le tienes que decir ‘te quiero’ es él, o ella, y no a todos tus “amigos” de Facebook, aunque seguramente tengan marcada la opción de ‘no ver esto’ sino te han denunciado ya.



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